
Más allá del recordatorio oportuno y fácil que catalizan determinadas fechas; más allá de la belleza y la profundidad de la consigna oportuna o de la estampilla que se imprime, se tatúa y, a fin de cuentas, se lleva; más allá de las canciones más o menos de época y de los libros que uno a tiempo o destiempo se leyó; más allá de muchas cosas, al Che habrá que ponerlo siempre en la conversación.
No solo en el diálogo anecdótico. No solo en el habla melancólica. Mientras más difícil y contradictoria se presente la circunstancia y su debate, cuanto más peliaguda y dolorosa, en medio de truenos, asfixias, desencantos y pasiones –siempre de las pasiones–, Ernesto encontrará la forma de inmiscuirse.
Y habrá quien salga con múltiples acrobacias, unas más sofisticadas que otras, para no dejarlo entrar.
En tiempos de pretendida cordura, lo llamarán loco. En días de falsa calma, lo tildarán de violento. En horas de supuesto cariño, lo acusarán de desalmado. En segundos de supuesta oportunidad, lo tacharán de inoportuno. En instantes de arengadas democracias, le dirán autoritario.
Y el Che, aun así, se seguirá metiendo. Sin permiso de nadie. Con la ayuda de muchos y muchas. ¿Quiénes se atreverán al «desatino» de llamarlo? ¿Los presentarán por locos, violentos, desalmados, inoportunos, autoritarios o enfermos de nostalgia?
¿Repetirán de memoria sus discursos? ¿Vendrán con los ojos inyectados de su fuerza? ¿Pretenderán correr alguna cerca sagrada? ¿Con qué manos? ¿Con qué piernas? ¿Con qué rabias y ensueños? ¿Acaso lo invocarán sin anunciarlo o sin saberlo?
No habrá «visitas coordinadas» del Che ante el debate ardiente sobre el presente y el futuro. Será, ya sin remedio, una incómoda, quizá acusadora, presencia en nuestras mentes durante los tiempos, días, horas, segundos e instantes en que impere la locura reaccionaria e inmovilizadora, la violencia de los abusadores, la desalma, la parálisis y hasta el autoritarismo más refinado, disfrazados todos, investidos de sus antónimos.
Y será la gente, en carne y hueso la gente, quien le cuidará la espalda a esa presencia. La gente que está más allá, más acá e incluso en medio del recordatorio oportuno y fácil que catalizan determinadas fechas; de la belleza y la profundidad de la consigna oportuna o de la estampilla que se imprime, se tatúa y, a fin de cuentas, se lleva; de las canciones más o menos de época y de los libros que uno a tiempo o destiempo se leyó.
Será la gente y su vergüenza.
Pero... ¿hasta cuándo, compañeros?
A riesgo de parecer ridículos, será, probablemente, hasta la victoria.
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